Hoy abro una sección que tratará sobre los juegos de mi infancia. Intentaré explicar el objetivo y las reglas. Tendréis que perdonar los errores que cometa, ya que mi infancia se separa de forma peligrosamente acelerada de mí – no es que sea muy viejo, lo que pasa es que no soy muy niño (al menos en edad) -.

El trompo era uno de los juegos más jugados durante todo el año por los colegiales. Se podría decir que junto a las bolas y la lima - maravillosa lima – el trompo era uno de los favoritos.

El trompo

El trompo, ese pedazo de madera con forma redonda y púa maricona – aspecto con el que salía de fábrica – sufría un TUNNING MONSTRUOSO que ríanse del de los coches. Se le pintaba colores que al dar vueltas nos ofrecía un espectáculo psicodélico solamente comparable con el “Lucy in the Sky with Diamonds”. Creo que la cantidad de azúcar que comíamos – grandes bocadillos de rica nocilla – se nos quedaba pegada en el cerebro y hacía el efecto psicodélico más contundente. Era muy normal clavarle chinchetas al trompo para conseguir reflejos y amortiguar golpes.

Un trompo un poco más grande y con un taruguito en la cabeza era una peonza.

La púa

La púa maricona era sustituida de inmediato por las llamadas púas carniceras. Esta púa en vez de redonda era picuda, en forma de pirámide. Esta púa, el terror de la olla, era cuidada con mimo por los dueños de los trompos portadores. Normalmente, después de una sesión, la púa era afilada con limas de los padres, o – casi siempre – con el mismo asfalto de la calle. El grado de carnicería llegaba a sus extremos máximos cuando además de púa carnicera el tamaño puil sobrepasaba la del dedo meñique y además era una puntilla o clavo. Ese trompo no valía. Nadie jugaba contra ese trompo asesino – ejemplo foto siguiente -.

El objetivo

El objetivo era claro y bastante contundente. Se trataba de destrozar el/los trompo/s del/los adversarios. Si se podía partir en 2 mejor. Esto no pasaba casi nunca – o en muy contadas ocasiones – por lo tanto nos conformábamos con sacarle una lasca de madera o dejar constancia del puazo en el cuerpo de la peonza.

Las reglas

Se pintaba una olla – un círculo en la arena – y se lanzaba el trompo por turnos – en este caso nadie quería ser el primero, la gracia estaba en tirar el último -. El trompo debía dar dentro de la olla y del mismo impacto sacarlo de ella. Por supuesto, no hace falta decir, que el trompo debía bailar.

En caso negativo el trompo quedaba dentro de la olla a la espera de los puazos de los adversarios como castigo a su ausencia de baile. Evidentemente los demás intentábamos darle al trompo y destrozarlo. Es obvio que si se le daba al trompo el puazo, el trompo agresor no tenía la obligación de bailar, su cometido había sido cumplido de sobras, ya que el objetivo era destrozar otro trompo. Si el siguiente jugador erraba el golpe y el trompo no bailaba, el trompo se quedaba en la olla junto al anterior y se iba formando lo que se denominaba “una piña”.
Si con uno de los impactos el trompo recibidor de golpes salía de la olla, éste se salvaba y ya podía volver a ser bailado por el dueño.

Después de cada golpe todos los niños parábamos el juego para buscar el daño causado por el impacto. Las heridas anteriores al nuevo golpe nos la sabíamos de memoria – todos los niños nos sabíamos las heridas de todos trompos adversarios, por lo tanto no era difícil encontrar el nuevo puazo y pasábamos a la fase de reírnos de la gran lasca arrancada, con el consiguiente mosqueo del dueño sufridor. Esto era mejor, puesto que con el mosqueo era más fácil su fallo, ya que le trasmitía al trompo más potencia que maña para que bailara y al no bailar volvía a la olla – normalmente a la siguiente tirada - .

Otro caso posible era que al lanzar el trompo se quedara bailando dentro de la olla sin salirse de ella. En este caso todos los adversarios podíamos tirarle el trompo a la vez hasta que el trompo bailarín ollero dejara de bailar. En estos casos el pobre trompo que se quedaba en la olla recibía más de un golpe ya que la destreza y puntería de los niños eran comparables a la de Guillermo Tell con su ballesta.



Algunos casos raros

Sumbá (zumbar). Zumbar es hacer silbar al trompo con la velocidad de giro.

Trompo incrustado en el cocorote de otro. Se lanzaba con tanta fuerza que la púa – normalmente carnicera – se incrustaba en la madera.

Trompo rajado. El impacto era de tal calibre que el recibidor del golpe se rajaba por la mitad. La carcajada era generalizada. El llanto del sufridor era inmediato, después de una cara de incredulidad y de “¿Qué ha pasao?, no me lo creo”

2 o más trompos bailando en la olla. Esto era el deleite de todo jugador. Los jugadores restantes tenía 2 o 3 trompos bailando a su merced.

Piña de más de 5 trompos. Todo una colección de trompos para uno solito. Si no le dabas eras el más malo del mundo.

Lanzar el trompo y quedarse en la cuerda. Esta peligrosa situación se daba cuando se apretaban las 3 primera vueltas con demasiada fuerza. El trompo impactaba en el suelo y se quedaba enganchado en la cuerda. Normalmente el trompo impactaba después de con el suelo, con la cabeza del tirador.

Final de juego

El juego se terminaba cuando nos teníamos que recoger en casa, cuando nos cansábamos o cuando un trompo impactaba en la cabeza de otro y salía sangre – cosa que pasaba de vez en cuando -. Si no salía sangre nos reíamos, le mirábamos la cabeza al afectado y seguíamos jugando. Si había sangre todos a sus casas o a jugar a otra cosa.